El cansancio de la noche anterior hace que el sueño sea profundo y tranquilo debajo del edredón nórdico. De repente el timbre del teléfono interrumpe su descanso. “¿Quién llamará?” La luz entra fuerte por la ventana. “¡Mierda! A las 12 me llamaban, me he quedado dormido!” Nuestro joven trata de encender su celular para consultar la hora. Dos tonos. El celular no tiene batería. Tres tonos. La zapatilla izquierda no quiere encontrarse con el pie correspondiente, se tropieza y le da una patada a la mesilla de noche. Cuatro tonos. Cruza el pasillo, se sienta en el sofá y se aclara la garganta. Cinco tonos. “¿Sí, dígame?”. Demasiado tarde, nadie contesta. Aún medio dormido, se acerca a la cocina para mirar el reloj de pared, y sus ojos borrosos le da una buena noticia. ¡Las diez de la mañana! Dos horas más de sueño. Sin querer despertarse del todo, vuelve a la cama y se deja atrapar de nuevo por el edredón…
Pasan casi 45 minutos de las doce, lo que significa que el despertador ya sonó 9 veces, una cada cinco minutos. El teléfono suena por segunda vez en la mañana. “Javi, ¿puedes estar listo en media hora, que nos vamos a La Boca?” Dicho y hecho: Un yogur, una ducha, pantalón, camiseta, zapatillas y cámara de fotos. ¡Listo!
“Hola, buenos días. A Caminito, por favor.” “Sí, cómo no. Está bueno el día para pasear por Caminito.” El paseo en taxi dura más de quince minutos: Tras varios giros, el taxista enfila la calle Corrientes. Al fondo se ve imponente el Obelisco de la Plaza de la República, mientras a los lados quedan las cafeterías, tiendas, kioskos y gente paseando. Es sábado y se nota, apenas hay tráfico. Tras cruzar la Avenida 9 de Julio justo por debajo del Obelisco, y seguir por Corrientes en pleno Microcentro, con sus cines, teatros y ópera, el taxi gira a la derecha por Leandro N. Alem y rodea el Parque de Colón delante de la Casa Rosada. Un poco más adelante, desde la avenida Almirante Brown se puede ver la Bombonera a lo lejos… quedará para otro día. El antiguo puerto de la ciudad de Buenos Aires indica el final del trayecto. “A partir de acá, por esas tres calles, todo eso es Caminito. Son apenas 3 cuadras.” “Muchas gracias, buenos días.”
El barrio les recibe completamente engalanado, las casas de colores vivos y paredes de chapa parecen reírse contentas, el sol de primavera y un cielo completamente despejado colaboran con el paisaje. Azul, verde, rojo, amarillo… cualquier color vale en Caminito. Mercadillos de recuerdos, restaurantes con sus espectáculos de tango y bailes populares, centros culturales del barrio de la Boca, camareros que les animan a sentarse en sus restaurantes, esculturas de papel capaces de juntar en un mismo balcón a Maradona y Evita, y… ya está. No hay más. Caminito es pequeño, pero muy intenso, conservando todo el espíritu de Buenos Aires y Argentina.
Los rugidos de tripas avisan: es hora de comer. “Vamos a un sitio que he visto antes, al lado de las vías del tren.” Girando a la izquierda al final de la calle Caminito se encuentra el asador “El Paríso”. En su puerta, Martín, encargado de atraer clientela, hace aspavientos y aspira el humo, “¿notaron ese olor? Es nuestro asado, ¡pasen y pruébenlo!” “Tranquilo, ya estamos convencidos, jeje”. El asador resulta ser un patio interior al aire libre con opción de comer al sol, a la sombra o sol y sombra. “Un poco de cada, por favor”.
“Nos pone una parrillada para tres y una ensalada de arroz, por favor.” “¿Y para tomar?” “Dos cocas normales y dos cocas light, gracias”. Mientras esperan, un joven termina un lienzo pintado al estilo porteño con una figura de maradona pero con un agujero por cabeza. Más tarde se convertirá en una atracción donde los turistas se harán fotos divertidos.
Al lado de nuestro grupo se encuentra un cantante que, guitarra en mano, entona tangos clásicos (Cambalache, Caminito), canciones regionales (Lunita Tucumana) e incluso canciones del gran Sabina (Y nos dieron las diez, Dieguitos y Mafaldas). Mientras, comen morcillas y chorizos, costillas y pollo, prueban los chinchulines… todo ello, acompañado de la salsa chimichurri, la conversación agradable, la música envolvente y el cálido sol austral. Se convierte la parrillada en algo mágico, completamente porteño. “Esto es vida.”, “Me quedaría aquí toda la tarde”… Llegando al final del banquete un grupo de porteñas y un par de señoras estadounidenses que estaban allí comiendo, se animan a bailar una chacarera para regocijo de turistas y lugareños. Acto seguido, una señora tucumana no quiere ser menos, y llaman a Martín, el de la entrada, para que baile con la señora un baile típico de Tucumán: Impresionante.
Con la sangre en el estómago y algo soñolientos, nuestros amigos terminan su excursión en Caminito y parten de regreso a casa. Tres de los cuatro se apuntan a tomarse en Recoleta un helado de Tramontana (crema americana, dulce de leche y trocitos de bizcocho recubiertos de chocolate, hmmmm…) en la cadena de heladerías Volta en Santa Fe con Callao. Las fuerzas empiezan a fallar, una siesta para recuperarse se hace imprescindible, pues a la noche toca aún más carne: asado en el ático de un porteño.
En Buenos Aires, muchos de los edificios tienen una barbacoa en el ático para hacer asados. Es comunal, y basta con reservar unos días antes. El edificio de hoy tiene unas quince plantas y cuando el grupo sale del ascensor ya se empiezan a oler las brasas. Los anfitriones, porteños, les reciben con los brazos abiertos, “trajimos algo de picada, como nos pedistéis”. “Genial, porque la carne aún está por empezar a asarse”. Con el olor de las carne asándose a sus espaldas, el grupo de gallegos disfruta de las vistas: Buenos Aires es cuadriculada en su plano, y caótica en sus alturas. Edificios de 30 plantas escoltados por casas chicas de dos o tres pisos. Luces aquí y allá, abajo y arriba, pues el sol se puso ya hace horas, y las estrellas empiezan a despertar. Estrellas nuevas para unos, las de siempre para otros.
Empiezan a salir los trozos del asado y se van repartiendo entre el grupo, las damas primero siempre. Se aprovecha para aprender un poco: diferencias entre bife de lomo, de chorizo, colita de cuadril… Hay casi una palabra por cada trocito de vaca, el asado es como una tradición ancestral, heredada de padres a hijos, a pesar de que la mayoría de los argentinos son descendientes de españoles, italianos, alemanes, judíos… Llega un choripan, bife de chorizo con pan… “Pónle chimichurri, que es casero”. “¿Ah, sí? Y en qué se diferencia de los otros”. “Y bueno, ten cuidado, que éste es picante, jeje, y mañana lo puede acusar tu estómago”. El sabor a orégano, picante y aceite no consigue apoderarse del todo del trozo de carne y la combinación es perfecta: “¡Por dios! ¡Qué bueno está!”
Poco a poco la gente va dejando de comer, se termina la cerveza y empiezan a salir otras botellas, coca-cola y por supuesto fernet… pero ya son más de las doce, y eso sería la crónica de un domingo. Buenas noches a todos, que mañana será otro día.
Buenas Javi, veo que estás disfrutando. Me ha encantado tu descripción, parece que ya te sabes todas las calles
y que os alimentais bien, jejeje.
Muchos besos
Joer! Qué ganas de ir a Argentina! tengo q planearlo ya!!!! Eso si, lo de la carne no me tienta mucho, pero el Caminito lleno de colores, la música, los helados en la Recoleta y el solecito… ah yo quiero!!! Resérvame un poco de verano para cuando vaya!
:D:D:D:D:D